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La propaganda del nefasto Estado Islámico alardea. Pretende extender sus matanzas con las bombas humanas que van reclutando. Se ensaña con Francia. El gobierno galo responde bombardeando Raqqa, capital de la región que controla el yihaidismo en Siria. Es el inicio de la intensificación de los ataques anunciados por el presidente Francoise Hollande que ha informado sobre el desplazamiento del portaviones Charles de Gaulle al mediterráneo oriental para recrudecer las actuaciones de la declaración de guerra.

Estados Unidos también interviene. Destruye desde el aire pozos petroleros en el área, una de las fuentes de financiamiento de ISIS además del transporte de inmigrantes que huyen de sus desmanes y los secuestros.  Los terroristas trafican con el hambre. Introducen de contrabando mercancías básicas y venden petróleo a compradores sin escrúpulos.   Vladimir Putin dijo hoy en Turquía, al concluir la cumbre del G20 “La financiación, como hemos sabido, proviene de 40 países”, entre ellos naciones pertenecientes al grupo.

El doble juego enturbia los consensos. A pesar del padecimiento social, occidente no ha logrado fraguar una política común hacia los miles de refugiados que llegan a sus fronteras ni ha diseñado  una reacción conjunta de lucha contra el terrorismo.  Desde la Guerra en Irak hasta hoy, los bombardeos no han logrado derrotar al yihadismo que amenaza con contraatacar a su manera terrorífica.  Es una espiral de violencia y muerte que nos alcanza a todos.

Si dijera ahora que pueblo del orbe no ha sufrido las consecuencias del terrorismo podría errar por ignorancia propia o quizás inducida. La omisión sobre otras muertes en regiones olvidadas es una especie de   silencio indiferente, manipulado y cómplice para dejar hacer a los peores intereses camuflados en ciertas causas. El derribo de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 no fue el principio del terrorismo y los atentados en Paris el viernes 13 de noviembre de 2015 no parecen ser el inicio de su fin. Hay atrocidades documentadas en todos los continentes. Los efectos de tanta barbarie universal es su reguero de victimas de todas las razas, creencias o edades. Vidas arrancadas con el uso de las armas tras su oscuro trasiego. El mundo global requiere con urgencia una política de salvación global.

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