Bandera pueblos originarios

La frustración o el deseo malsano afloran en los augurios del poder occidental hacia los procesos emergentes latinoamericanos. Ajenos a una realidad extendida por el continente, proliferan los epitafios mientras sus destinatarios persisten en curarse en salud. Han ido levantándose de las cenizas provocadas por un modelo neoliberal causante de la pobreza social que hundió al continente.

No pocos de los gobernantes regionales que dieron rienda suelta a la privatización y a la irrupción descontrolada de los mercados viven entre rejas, están siendo procesados o andan en búsqueda y captura. Señores impolutos de cuello y corbata plegados a quienes paseaban por sus territorios al neoliberalismo como receta inamovible de salvación.

El nuevo liderazgo latinoamericano gestiona el poder político y económico para corresponder a consensos sociales estructurados que propician la unidad en torno a una visión propia. Los mandos mediáticos transnacionales tildan de populistas a quienes no han traicionado a sus electores y desarrollan los programas que pretenden economías sostenibles y un reparto equitativo de sus recursos. Los seis millones de latinoamericanos que han aprendido a escribir y a leer gracias a los programas sociales indican el camino emprendido para el desarrollo de potencialidades entre quienes fueron olvidados y hoy se incorporan al quehacer de sus pueblos.

Por el camino han surgido relaciones de apoyo mutuo. La integración deja de ser cuestión de siglas para poner en marcha proyectos de colaboración que garantizan el financiamiento, las materias primas y el capital humano. El Alba, Mercosur o la Celac fortalecen sus vínculos para poner en marcha viviendas, centros de salud, escuelas e industrias. El programa del buen vivir en Ecuador, las misiones barrio adentro en Venezuela y la supervivencia cubana  animan un resurgir regional que dan vida a otros modelos posibles.

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