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La injerencia en los resultados electorales venezolanos desnuda a actores tradicionales de políticas neocoloniales obsoletas. Son remanentes de un pasado regional derrotado no por el comportamiento puntual de los votos sino por la continuidad de un proceso social afincado en la nueva realidad del continente.

Desde la lejana España afloran los coletazos de lo que fue la metrópolis ahora angustiada y sometida. En medio de las imposiciones del capital financiero y las órdenes dictadas por Bruselas; en medio del sufrimiento social ante un gobierno intervenido, el canciller español José Manuel García Margallo pretende interferir en la decisión electoral venezolana, incitando a un reconteo de votos. Su opinión interesada, ajena a los principios de no intromisión, ridiculiza a España y deja en evidencia a un gobierno añorante de Lo que fue -siglos atrás-  pero que ya no es. “Ocúpense, que tienen el 25% de desempleo, que le quitan la casa a los trabajadores, que están llevando un paquete neoliberal a costa de destrucción y hambre”, le responde el presidente venezolano electo, Nicolás Maduro. Así es. Ocúpense, Margallo; ocúpense.

Y Washington, tan sutil en la selección de las palabras para ejercer su hegemonía, promueve la disposición a inmiscuirse soltando que la verificación de los resultados electorales sería “un paso importante, prudente y necesario”. Es lo que ha dicho Jay Carney , vocero de la Casa Blanca, para también marcarle la ruta de sus intensiones a la Organización de Estados Americanos, segundona hoy y antes de los sucesivos gobiernos norteamericanos.  Así que la OEA, se ha sumado a la aviesa petición como si no se tratara de desconocer el resultado de las urnas por apretado que fue.

Resulta muy  imprudente el intento contaminador de los actores externos de siempre. Venezuela vive una secuencia de circunstancias complejas cargadas de sensibilidad interna que reclaman tacto y respeto. El último resultado electoral evidencia que el ganador, Nicolás Maduro, tiene ante sí la misión de recomponer la división interna. Necesariamente el quehacer político tendrá que mejorar la situación económica en función del bienestar de los ciudadanos, de los más desfavorecidos y erradicar los niveles de violencia. La inseguridad es uno de los flagelos que más afectan a la estabilidad del país.

La obra de Hugo Chávez aporta un legado prometedor para desterrar la pobreza venezolana con esfuerzos propios y siguiendo los principios de un nuevo ímpetu de integración regional marcado por el intercambio equitativo. En ese espacio de cooperación entre iguales no hay sitio para las imposiciones ajenas al sentimiento bolivariano que recorre el continente. A la actitud del norte no le queda otra opción que dejar de mirar al sur  desde la altura y abandonar su desfase neocolonial.

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