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La profecía maya en buena medida acierta al marcar la decadencia y caída del universo que conocían millones de familias occidentales. En el 2012 han emergido las consecuencias sociales de la acumulación inescrupulosa de riqueza sin apego a la ética de una distribución equitativa. Las consecuencias marcan la cotidianidad del empobrecimiento visible en las ciudades y sus periferias.

 En Madrid, acaba de consagrase un golpe sensible a la sanidad pública y más de cien directores de centros de salud han dimitido para remarcar su rechazo a un modelo de privatización que ha encendido las protestas del sector y  los ciudadanos durante las últimas semanas. Detrás de la marea blanca de los sanitarios están los millones de desempleados que han perdido sus hogares en los dramáticos desahucios. Sobre sus hijos se cierne un futuro poco previsible por el encarecimiento de los estudios y la disminución de los presupuestos destinados a becas o a las ayudas para adquirir material escolar.

El sistema ha colapsado en decenas de países pero desde el poder financiero se les exige a los gobiernos descargar sobre sus pueblos el peso descomunal del pago de las deudas cercenando su poder adquisitivo, elevando los impuestos y las tarifas de servicios esenciales. En el primer mundo las clases medias van engrosando los índices de pobreza en la misma medida que la pérdida de sus empleos y los recortes sociales destruyen sus derechos.

La humanidad asiste al fin del modelo neoliberal. La euforia que animó su representación como el único hacedor de sueños ha cedido ante la irrupción de los titulares sobre el colapso de bancos, empresas y naciones también fustigados por la corrupción a sus más altos niveles. No pocas voces revelan la inoperancia de las ambiciones que han sustentado esquemas insostenibles como las burbujas inmobiliarias y financieras.

Grandes fortunas fuerzan las decisiones políticas distanciadas del clamor social. Como en otros países europeos el caso español es un referente de la catadura moral de sus autoridades al programar el hundimiento del país. Organismos internacionales precisan que serán necesarias dos décadas para recobrar la normalidad productiva siempre y cuando la inversión para el acceso a la formación, la investigación y el desarrollo deje de estar postergada. Entre tanto la estabilidad se tambalea y el descrédito hacia los partidos políticos ha alcanzado sus cotas más altas. Emergen plataformas sociales presentes en desahucios, procesos de privatización y reducciones de empleo. Son movimientos catalizadores de la protesta ciudadana por encima del miedo con que se intenta enmudecer a los manifestantes. La inoperancia de un sistema y el despertar social en el año de la controvertida profecía maya abre las expectativas sobre el fin de una historia agonizante.

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